Con todo mi respeto y admiración, para quién supo darme aliento para escribir.El día de hoy 5 de febrero de 2010 leía, para hacer más llevadero el transporte del trabajo a mi casa. El material que suelo revisar en el colectivo es de lo más heterogéneo posible, novelas, cuentos, ensayos, propaganda política, anuncios, artículos de opinión, de investigación. A este día en particular, le tocó andar conmigo a la revista Proceso de esta semana, no. 1735.
Desde hace más de un año, cada vez que leo dicha revista provoca en mi una lluvia de sentimientos, pasión, sorpresa y sobre todo frustración, cuando leo las atrocidades que hace el gobierno y la desinformación en la que vive la mayor parte de la sociedad mexicana. Sin embargo, esta vez un artículo provocó en mi algo que casi ningún escrito lo ha hecho y es una profunda tristeza, ya que por el artículo de Florence Toussaint me enteré que una de las mejores maestras de redacción que he tenido falleció.
A Carmen Guitián la conocí en un momento muy difícil en mi vida, hace ya cuatro años. Mi primer asesor de tesis y otros compañeros me habían dicho que mi redacción era pésima, y pese a los cursos tomados, nadie me había ayudado a corregir el problema. Al ver mi desesperación por no saber escribir, una de mis maestras me dijo que buscará un curso en la facultad; intento fútil, ya que en Filosofía y Letras, mi alma mater, no había ninguno. Así que decidí rolar por CU para ver con que sorpresas me encontraba. En la parada de los pumas de metro CU encontré propaganda sobre un curso de redacción en la Facultad de Ciencias Políticas. Animado por ver que aún estaba a tiempo de inscribirme, me dirigí al cubículo de extensión académica para hacerlo. Una vez pagada mi cuota me dieron un comprobante, con un manual y , verbalmente, las indicaciones para llegar a mi salón. Las clases eran los miércoles en la mañana, a las 10 si mal no recuerdo. Salí de la Facultad con una pregunta en mi cabeza, ya me inscribí y ni siquiera sé si la maestra es buena. A la siguiente semana regresé sin la menor idea de las maravillosas experiencias que me esperaban en esta clase.
El primer día de clase llegue a tiempo, 15 minutos antes, me acerqué a la puerta del salón a esperar. Después de un tiempo fueron llegando más neófitos en el asunto de escribir bien, así como testarudos que no aprehendían, en esos me encontraba yo. Un poco pasada la hora llegó Carmen, con un traje sastre azul, su cabello semidorado, de lentes y con una sonrisa; nos saludó, y se dirigió con las secretarias para pedir la llave del salón. Acto seguido entramos, y con la misma sonrisa de la entrada nos dio la bienvenida a su clase.
La forma de trabajar de Carmen era sencilla, amena y muy rica. Las dos horas de clase las dividía en tres partes, nunca exactas, en la primera nos dedicábamos a revisar las reglas gramaticales y de ortografía, en la segunda hacíamos ejercicios y en la tercera con su voz dulce pero firme nos leía recomendaciones, anécdotas y consejos que escribieron varios autores en sus libros de redacción. Al final de la clase uno salia fortificado por haber aprehendido, alegre por acertar a los cuestionamientos, emocionado por realizar la tarea e inmerso en un mar de pensamientos por los interesantes y útiles temas de las lecturas.
Al correr el tiempo, Carmen tenía la magia de irse metiendo en los corazones más duros de los estudiantes más testarudos que se empecinan en hacer todo mal. Se metió en el mio, lo que provocó que soltara como torrente de agua liberada por la destrucción del jarro de mi ser uraño los problemas que tenía con la redacción de mi proyecto de tesis, mis fracasos, así como mis anhelos en hacerlo mejor. Carmen me escucho y con la dulzura de una madre impulsó mi camino, leyó mi escrito y lo corrigió. Viviré profundamente agradecido por eso.
Cuando terminó el curso, sentí mucha pena por dejar atrás tan valiosa clase. Quería que continuara otro mes más; quería seguir escribiendo; quería seguir aprehendiendo y deseaba continuar resolviendo ejercicios de gramática complicados; sin embargo, parte importante de la enseñanza es que se tiene que vivir y experimentar en otro lugar, con otra gente y en otro tiempo para aprehender. Así que me despedí de ella, del mismo modo que ella nos saludó el primer día: con una sonrisa.
Al enterarme de su fallecimiento, mi alma se desplomó. Mi cabeza no entiende como un ser tan jovial 'se haya apagado'. Las ideas y los sentimientos se confunden y no puedo atinar en hilbanar algo claro al escribir. Lo único interesante y cuerdo que se me vino a la cabeza fue recordar sus anécdotas y recordar un ejercicio que escribí, el cual le gusto mucho.
Transcribo el ejercicio, que habla de una objeto que pocas veces se separaba de ella:
Desde hace más de un año, cada vez que leo dicha revista provoca en mi una lluvia de sentimientos, pasión, sorpresa y sobre todo frustración, cuando leo las atrocidades que hace el gobierno y la desinformación en la que vive la mayor parte de la sociedad mexicana. Sin embargo, esta vez un artículo provocó en mi algo que casi ningún escrito lo ha hecho y es una profunda tristeza, ya que por el artículo de Florence Toussaint me enteré que una de las mejores maestras de redacción que he tenido falleció.
A Carmen Guitián la conocí en un momento muy difícil en mi vida, hace ya cuatro años. Mi primer asesor de tesis y otros compañeros me habían dicho que mi redacción era pésima, y pese a los cursos tomados, nadie me había ayudado a corregir el problema. Al ver mi desesperación por no saber escribir, una de mis maestras me dijo que buscará un curso en la facultad; intento fútil, ya que en Filosofía y Letras, mi alma mater, no había ninguno. Así que decidí rolar por CU para ver con que sorpresas me encontraba. En la parada de los pumas de metro CU encontré propaganda sobre un curso de redacción en la Facultad de Ciencias Políticas. Animado por ver que aún estaba a tiempo de inscribirme, me dirigí al cubículo de extensión académica para hacerlo. Una vez pagada mi cuota me dieron un comprobante, con un manual y , verbalmente, las indicaciones para llegar a mi salón. Las clases eran los miércoles en la mañana, a las 10 si mal no recuerdo. Salí de la Facultad con una pregunta en mi cabeza, ya me inscribí y ni siquiera sé si la maestra es buena. A la siguiente semana regresé sin la menor idea de las maravillosas experiencias que me esperaban en esta clase.
El primer día de clase llegue a tiempo, 15 minutos antes, me acerqué a la puerta del salón a esperar. Después de un tiempo fueron llegando más neófitos en el asunto de escribir bien, así como testarudos que no aprehendían, en esos me encontraba yo. Un poco pasada la hora llegó Carmen, con un traje sastre azul, su cabello semidorado, de lentes y con una sonrisa; nos saludó, y se dirigió con las secretarias para pedir la llave del salón. Acto seguido entramos, y con la misma sonrisa de la entrada nos dio la bienvenida a su clase.
La forma de trabajar de Carmen era sencilla, amena y muy rica. Las dos horas de clase las dividía en tres partes, nunca exactas, en la primera nos dedicábamos a revisar las reglas gramaticales y de ortografía, en la segunda hacíamos ejercicios y en la tercera con su voz dulce pero firme nos leía recomendaciones, anécdotas y consejos que escribieron varios autores en sus libros de redacción. Al final de la clase uno salia fortificado por haber aprehendido, alegre por acertar a los cuestionamientos, emocionado por realizar la tarea e inmerso en un mar de pensamientos por los interesantes y útiles temas de las lecturas.
Al correr el tiempo, Carmen tenía la magia de irse metiendo en los corazones más duros de los estudiantes más testarudos que se empecinan en hacer todo mal. Se metió en el mio, lo que provocó que soltara como torrente de agua liberada por la destrucción del jarro de mi ser uraño los problemas que tenía con la redacción de mi proyecto de tesis, mis fracasos, así como mis anhelos en hacerlo mejor. Carmen me escucho y con la dulzura de una madre impulsó mi camino, leyó mi escrito y lo corrigió. Viviré profundamente agradecido por eso.
Cuando terminó el curso, sentí mucha pena por dejar atrás tan valiosa clase. Quería que continuara otro mes más; quería seguir escribiendo; quería seguir aprehendiendo y deseaba continuar resolviendo ejercicios de gramática complicados; sin embargo, parte importante de la enseñanza es que se tiene que vivir y experimentar en otro lugar, con otra gente y en otro tiempo para aprehender. Así que me despedí de ella, del mismo modo que ella nos saludó el primer día: con una sonrisa.
Al enterarme de su fallecimiento, mi alma se desplomó. Mi cabeza no entiende como un ser tan jovial 'se haya apagado'. Las ideas y los sentimientos se confunden y no puedo atinar en hilbanar algo claro al escribir. Lo único interesante y cuerdo que se me vino a la cabeza fue recordar sus anécdotas y recordar un ejercicio que escribí, el cual le gusto mucho.
Transcribo el ejercicio, que habla de una objeto que pocas veces se separaba de ella:
Mi libro
Fiel y sincero, compañero de batalla y asesino cruel de las horas de aburrimiento. Me acompañas a todos lados; eres chico, pero con un inmenso contenido; eres delgado, pero grueso en cultura. Estás en todos lados, mi casa, la escuela , mi trabajo, hasta en el colectivo, pues en mi mochila caben más de uno. En mi vida te has vuelto tan cotidiano y emotivo que empiezo varios a la vez; así como los termino. Estas por todos lados, y aún así, aveces te pierdo por meses, hasta que limpio mi escritorio para de nuevo encontrarte.
Después de escribir esto imagino como sería mi vida sin ti, y llego a la conclusión de que sería una verdadera tragedia. Imagino todo este tiempo desperdiciado en el metro, en la fila de los boletos para un concierto, en la sala de espera del consultorio; en fin en todos esos lados donde un buen libro libra del aburrimiento y el estrés de ver este paisaje tercermundista decadente. Ahora llego a una conclusión: la no existencia de libros sería el fin del ser humano. Un mundo sin imaginación, saber y cultura. Un mundo donde no quisiera vivir.
K
W
Después de escribir esto imagino como sería mi vida sin ti, y llego a la conclusión de que sería una verdadera tragedia. Imagino todo este tiempo desperdiciado en el metro, en la fila de los boletos para un concierto, en la sala de espera del consultorio; en fin en todos esos lados donde un buen libro libra del aburrimiento y el estrés de ver este paisaje tercermundista decadente. Ahora llego a una conclusión: la no existencia de libros sería el fin del ser humano. Un mundo sin imaginación, saber y cultura. Un mundo donde no quisiera vivir.
K
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Me gustó mucho la entrada del blog. Beto, se nota lo emotivo del asunto.
ResponderEliminarGracias amigo Moi¡¡¡
ResponderEliminarhoy leí lo que escribiste acerca de mi hermana, te agradezco mucho que compartieras esto con nosotros.
ResponderEliminarteresa guitian
Gracias por leerlo Tere, y mis condolencias.
ResponderEliminarUn abrazo muy fuerte para tí y toda tu familia.
Alberto Quintero C.
Meses después me entero de este escrito. No sabes la alegría que me da al ver algo así. Para mi madre la escuela era un aspecto integral de la existencia. El que uno de sus alumnos compartiese una opinión como esta le habría traído lágrimas de felicidad de haberlo leído en vida. El recordarla como maestra y "echarle flores" de tal manera es, probablemente, el mejor homenaje que pudiste darle y te aseguro que nada le haría más feliz.
ResponderEliminarEl hijo de la susodicha. Pablo Reveles.