Una sombra incierta se ve moviendose tras las brillantes celulosas y las pantallas de cristal líquido. Su andar errante sin un puesto fijo hace palidecer al resto de sus compañeros y compañeras, que lo miran con asombro e incredulidad. Ya nadie lo reconoce, nadie lo mira cálidamente, nadie sabe cual era su función, ni el propósito de su existencia.
Él sí lo recuerda... lo lleva tatuado en su relieve. No lo puede olvidar, seria desechar centurias de trabajo, de lucha... No se puede rendir. Por eso siempre se pasea por todos lados; molesta a las pequeñas mentes, que siempre lo relegan; pero el no se rinde, continua su lucha por aparecer. Enarbola en un grito ahogado su lamento ¡Aquí estoy! ¡Sin mí no van a entender el mundo! ¡Soy pequeño, pero soy el perno que sujeta tus ideas!
El olvido de la mayoría lo ha relegado a suburbios intelectuales, académicos, literarios o "especializados". En ellos su existencia sólo es una formalidad. Es como un invitado obligado, pero no importante.... "Es un accesorio en franca decadencia" -sentenció alguna vez un carácter para divertir a su grupo-. Él lo sabe y siente que para ellos su propósito se había perdido, su importancia se había mancillado y su imagen pública había sido vilipendiada. El día que se enteró de esto, padeció un terrible asco, quiso vomitarle a todos en su cara las verdades que oculta; recordarles lo efímero que son; acusar su desprecio y clasismo; quiso acabar con su mundo de ficciones idiomáticas y entelequias vacuas. Pero no lo hizo, sólo se retiró inmediatamente después de que sus servicios ya no eran requeridos. No fraternizó con sus iguales (porque son sus iguales, por más que ellos se empeñen en distinguirse de él) como solía hacerlo en las postrimerías del romanticismo o en el éxtasis del existencialismo.
En una de esas huidas chocó con otra sombra igual que él. Creyó que era su hermano, quien a diferencia de él, la nueva tendencia agringada no lo había relegado. La sombra alargada lo miró fijamente, y él a ella. Se sorprendió y le ofreció disculpas. Ella lo miró fijamente y le sonrío, lo tomó de la mano y lo esquinó en una orilla maltratada.
¿Qué haces, hacia tiempo que no nos veíamos?-preguntó con cariño la sombra- ¿Tú? ¡Qué sorpresa!, ¡Bien, estoy muy bien! Vengo a hacer acto de presencia, ya sabes las mentes "cultas" son las únicas que nos requieren -respondió desubicado y melancólico. Si, yo también-dijo ella.
Ella era igual que él, había sufrido el olvido en su piel, los insultos y juicios de sus iguales; pero algo tenía de diferente con respecto a él, ella era feliz. Después de intercambiar saludos y confesiones, las tristezas y complejos de él inundaron la plática. Él poco a poco se fue adueñando de la conversación, que devino soliloquio filosófico sobre la realidad de su existencia. Ella pacientemente lo escucho y con una sonrisa lo tomó de la mano y le dijo: Te voy a llevar dónde nunca más tendrás que vivir de este modo.
En ese momento, ambos prendieron una carrera frenética. Pasaron por periódicos; abajo de fotos de modelos desnudas, que son penetradas por seres de cartón; surfearon encima de menús; esquivaron catálogos; se detuvieron a descansar en un pasquín, flotaron sobre nubes rosas de cartas de amor y al doblar la esquina llegaron al lugar. Él lo reconoció, ¡cómo olvidar los renglones azules y los márgenes rojos!
¿Pero qué hacemos aquí? ¿Por que regresamos al párvulo?- preguntó exasperado y curioso.
Este es mi lugar-respondió ella con una sonrisa. Aquí construyo mi mundo y me divierto. Estoy alejada de todos, y aunque poco me utilizan, me saben valorar. Además, a ellos si les parezco una novedad, siempre están preguntando por mí: por mi uso y mi función. Sus preguntas, sus respuestas, su mal uso, eso me me mantienen viva. Él la miró con recelo, no entendía. Ella al ver su expresión, lo tomó de la manó y lo aventó a los limpios renglones doblados de las esquinas. Al caer en el ruedo su imagen se transformó, de limpia, recta y pulcra a desalineada, incompleta y gris. Desde arriba, ella se carcajeó. Al principio, él se molestó, pero al volverse a observar y verse tan infantil, desbordó en risa. Para completar la plana, ella saltó al ruedo de igual forma. Ambos desdibujados, manchados y muy torcidos disfrutaron la esencia de su ser.
Esa noche la pasaron juntos, se amaron como hacia mucho tiempo no lo hacían. Él comprendió la armonía y utilidad del espacio, abrazó con más gusto su naturaleza. Ella encontró un compañero, un amigo, un amante: eso que buscaba.
Ambos perduraron entre manchas de chocolate, borrones y rayones de cera carmesí. Amándose, conformes con su naturaleza. En una vida simple.
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