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miércoles, 5 de mayo de 2010

Sobre las nubes

Mi visión es casi nula, sólo atino distinguir siluetas de cuerpos como el mio en la lejanía. Giro y giro como planeta desorbitado sin un movimiento de translación y rotación definido. Soy como una misteriosa errante para los sabios de antaño. Muevo mis brazos de arriba a abajo, y mis pies emulan el correr de un esquizofrénico. El sudor recorre mi espalda, axilas y entre pierna. Mi respiración es pausada y a ratos violenta. Mi boca emite gritos incoherentes: ¡Me duele mi esclavitud... hasta cuando arrodillados... quién si no yo.... libérame!

Después de un rato de movimientos contrafluctuantes y arrítmicos me doy cuenta que la nube no tiene fin. Llevo más de medio día sobre de ella. Es como estar sobre el cielo, pero no sobre ese cielo azul que se ven en los libros de cuentos y las pinturas de los paisajistas mexicanos del siglo XIX, sino sobre un cielo más propio... más citadino... más mío: con sus grises (aberrante combinación entre la bondad y la maldad) sus partículas suspendidas de ilusiones podridas y sueños rotos. Ese cielo que se expande sobre la existencia mundana y me cubre sin tomar en cuenta mí opinión; sin embargo aquí, ese cielo no está sobre mi; por primera vez estoy a su altura. Ya no decide sobre cómo castigarme o qué quitarme: estamos al mismo nivel. Bailo con él y a ratos sobre él... sí a ratos... cuándo en un impulso logro suspenderme más allá de todos y puedo ver a los enmascarados galácticos suspendidos cómo satélites.

La estridencia no deja de martillear acordes monótonos e inconexos, mi deambular no se detiene. Estoy perdido en este remolino de fuerzas con nubes de polvo. Estoy sumergido en mis pensamientos, que por primera vez son lúcidos. Éstos analizan mi realidad, asimilan los errores del pasado y en síntesis golpean la idea de la felicidad. Soy feliz, aquí... ahora...así... soy feliz. No tengo más que decir, la taquicardía, la deshidratación y el esfuerzo físico me han trasportado a un estado de virulencia.

En estos momentos una vaca, un mesero y un piloto colisionan conmigo. La acción despostilla el cascaron de mis ideas y se escurre lo último que pensé.

Cierro los ojos. La respiración me falta. El tumulto de soliloquios autogestivos está sobre mi. No puedo moverme. Mis pulmones se revientan. En mi último aliento hago un recuento final: mi última mirada, el polvo... mi último sonido, radio criminal... mi última sensación, el sofocamiento... mi último sentimiento, la felicidad.

KW

martes, 16 de marzo de 2010

¿ y ¡, una relación entre marginales

Una sombra incierta se ve moviendose tras las brillantes celulosas y las pantallas de cristal líquido. Su andar errante sin un puesto fijo hace palidecer al resto de sus compañeros y compañeras, que lo miran con asombro e incredulidad. Ya nadie lo reconoce, nadie lo mira cálidamente, nadie sabe cual era su función, ni el propósito de su existencia.

Él sí lo recuerda... lo lleva tatuado en su relieve. No lo puede olvidar, seria desechar centurias de trabajo, de lucha... No se puede rendir. Por eso siempre se pasea por todos lados; molesta a las pequeñas mentes, que siempre lo relegan; pero el no se rinde, continua su lucha por aparecer. Enarbola en un grito ahogado su lamento ¡Aquí estoy! ¡Sin mí no van a entender el mundo! ¡Soy pequeño, pero soy el perno que sujeta tus ideas!

El olvido de la mayoría lo ha relegado a suburbios intelectuales, académicos, literarios o "especializados". En ellos su existencia sólo es una formalidad. Es como un invitado obligado, pero no importante.... "Es un accesorio en franca decadencia" -sentenció alguna vez un carácter para divertir a su grupo-. Él lo sabe y siente que para ellos su propósito se había perdido, su importancia se había mancillado y su imagen pública había sido vilipendiada. El día que se enteró de esto, padeció un terrible asco, quiso vomitarle a todos en su cara las verdades que oculta; recordarles lo efímero que son; acusar su desprecio y clasismo; quiso acabar con su mundo de ficciones idiomáticas y entelequias vacuas. Pero no lo hizo, sólo se retiró inmediatamente después de que sus servicios ya no eran requeridos. No fraternizó con sus iguales (porque son sus iguales, por más que ellos se empeñen en distinguirse de él) como solía hacerlo en las postrimerías del romanticismo o en el éxtasis del existencialismo.

En una de esas huidas chocó con otra sombra igual que él. Creyó que era su hermano, quien a diferencia de él, la nueva tendencia agringada no lo había relegado. La sombra alargada lo miró fijamente, y él a ella. Se sorprendió y le ofreció disculpas. Ella lo miró fijamente y le sonrío, lo tomó de la mano y lo esquinó en una orilla maltratada.

¿Qué haces, hacia tiempo que no nos veíamos?-preguntó con cariño la sombra- ¿Tú? ¡Qué sorpresa!, ¡Bien, estoy muy bien! Vengo a hacer acto de presencia, ya sabes las mentes "cultas" son las únicas que nos requieren -respondió desubicado y melancólico. Si, yo también-dijo ella.

Ella era igual que él, había sufrido el olvido en su piel, los insultos y juicios de sus iguales; pero algo tenía de diferente con respecto a él, ella era feliz. Después de intercambiar saludos y confesiones, las tristezas y complejos de él inundaron la plática. Él poco a poco se fue adueñando de la conversación, que devino soliloquio filosófico sobre la realidad de su existencia. Ella pacientemente lo escucho y con una sonrisa lo tomó de la mano y le dijo: Te voy a llevar dónde nunca más tendrás que vivir de este modo.

En ese momento, ambos prendieron una carrera frenética. Pasaron por periódicos; abajo de fotos de modelos desnudas, que son penetradas por seres de cartón; surfearon encima de menús; esquivaron catálogos; se detuvieron a descansar en un pasquín, flotaron sobre nubes rosas de cartas de amor y al doblar la esquina llegaron al lugar. Él lo reconoció, ¡cómo olvidar los renglones azules y los márgenes rojos!

¿Pero qué hacemos aquí? ¿Por que regresamos al párvulo?- preguntó exasperado y curioso.

Este es mi lugar-respondió ella con una sonrisa. Aquí construyo mi mundo y me divierto. Estoy alejada de todos, y aunque poco me utilizan, me saben valorar. Además, a ellos si les parezco una novedad, siempre están preguntando por mí: por mi uso y mi función. Sus preguntas, sus respuestas, su mal uso, eso me me mantienen viva. Él la miró con recelo, no entendía. Ella al ver su expresión, lo tomó de la manó y lo aventó a los limpios renglones doblados de las esquinas. Al caer en el ruedo su imagen se transformó, de limpia, recta y pulcra a desalineada, incompleta y gris. Desde arriba, ella se carcajeó. Al principio, él se molestó, pero al volverse a observar y verse tan infantil, desbordó en risa. Para completar la plana, ella saltó al ruedo de igual forma. Ambos desdibujados, manchados y muy torcidos disfrutaron la esencia de su ser.

Esa noche la pasaron juntos, se amaron como hacia mucho tiempo no lo hacían. Él comprendió la armonía y utilidad del espacio, abrazó con más gusto su naturaleza. Ella encontró un compañero, un amigo, un amante: eso que buscaba.

Ambos perduraron entre manchas de chocolate, borrones y rayones de cera carmesí. Amándose, conformes con su naturaleza. En una vida simple.

K
W

lunes, 18 de enero de 2010

Ni muerto dejas de espantar

En la repentina obscuridad se escucha un estruendoso rasguño en la ventana de mi estudio. El ruido provoca que abra los ojos más allá de lo normal y busque la fuente. Sólo escucho mi latido. En mi nerviosa e incesante búsqueda atino ver sombras carbónicas que danzan al compás de un melodía macabra, perceptible sólo en mi cerebro. Las sombras poco a poco avanzan hasta llegar a mi proyección a la que acarician dulcemente para dormirla y echarse sobre ella como fiera frente a su presa. En ese momento mi latido se detiene, mi sangre se paraliza y atisbo pensar las miles de tragedias que están por pasarme, abducciones, experiencias paranormales, visiones post morten, ataques invisibles...¿Qué vendrá? Lo único seguro que sé es que moriré.

Todo esto ametralla mi espíritu y congela mi mirada en la triste y vieja ventana que está frente a mi. Mis ojos de rondana no dejan de observar con terror el marco desvencijado, buscan en sus polillas el bicho que me llevará a mi muerte y analizan cada gota de aire en el vidrio; sin embargo no encuentran nada.

Mientras mis ojos pierden el tiempo en la ventana, al lado de ella comienza a avanzar una sombra difusa, que poco a poco busca el ángulo izquierdo de mi visión para entrar de lleno en ella. La silueta lo consigue, se mete. Me taladra mis corneas con su parquedad y su constante deslizar. Ahora mi temor es terror. Sólo atino a preguntar qué es eso, indefinido e inconcebible, en la bastedad de la infinita obscuridad. Mi única respuesta es una plegaria ¡Qué no sea yo su objetivo!, ¡Demasiado tarde! Me ha visto y cambia su trayectoria hacia mi. Comienza a avanzar. Este es un momento axial en mi vida: El fin.

Conforme mi sicario de sombras avanza mi piel se enchina, mis músculos se contraen, mi temperatura corporal baja y comienzo a tener pequeñas sacudidas. Ahora hago consciente que la muerte es un estado natural, pues, todas estas manifestaciones son autónomas y automáticas con el único propósito de preparar mi cuerpo para la última etapa.

La lentitud de la sombra vertiginosamente cambia, se hace más rápida y la figura sin forma deviene un cuadrángulo con aristas equidistantemente perfectas. Su belleza no resta su tragedia, ni le quita su único propósito, acabar conmigo. Ahora si estoy muerto.

De pronto el bulto termina en el piso. Las luces se prenden dejándome encandilado. Una vez que recupero la visión este es el escenario: El fuerte viento, el árbol de la calle frente a mi ventana y en el piso una caja con libros de Allan Poe.

K
W

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