Mi visión es casi nula, sólo atino distinguir siluetas de cuerpos como el mio en la lejanía. Giro y giro como planeta desorbitado sin un movimiento de translación y rotación definido. Soy como una misteriosa errante para los sabios de antaño. Muevo mis brazos de arriba a abajo, y mis pies emulan el correr de un esquizofrénico. El sudor recorre mi espalda, axilas y entre pierna. Mi respiración es pausada y a ratos violenta. Mi boca emite gritos incoherentes: ¡Me duele mi esclavitud... hasta cuando arrodillados... quién si no yo.... libérame!
Después de un rato de movimientos contrafluctuantes y arrítmicos me doy cuenta que la nube no tiene fin. Llevo más de medio día sobre de ella. Es como estar sobre el cielo, pero no sobre ese cielo azul que se ven en los libros de cuentos y las pinturas de los paisajistas mexicanos del siglo XIX, sino sobre un cielo más propio... más citadino... más mío: con sus grises (aberrante combinación entre la bondad y la maldad) sus partículas suspendidas de ilusiones podridas y sueños rotos. Ese cielo que se expande sobre la existencia mundana y me cubre sin tomar en cuenta mí opinión; sin embargo aquí, ese cielo no está sobre mi; por primera vez estoy a su altura. Ya no decide sobre cómo castigarme o qué quitarme: estamos al mismo nivel. Bailo con él y a ratos sobre él... sí a ratos... cuándo en un impulso logro suspenderme más allá de todos y puedo ver a los enmascarados galácticos suspendidos cómo satélites.
La estridencia no deja de martillear acordes monótonos e inconexos, mi deambular no se detiene. Estoy perdido en este remolino de fuerzas con nubes de polvo. Estoy sumergido en mis pensamientos, que por primera vez son lúcidos. Éstos analizan mi realidad, asimilan los errores del pasado y en síntesis golpean la idea de la felicidad. Soy feliz, aquí... ahora...así... soy feliz. No tengo más que decir, la taquicardía, la deshidratación y el esfuerzo físico me han trasportado a un estado de virulencia.
En estos momentos una vaca, un mesero y un piloto colisionan conmigo. La acción despostilla el cascaron de mis ideas y se escurre lo último que pensé.
Cierro los ojos. La respiración me falta. El tumulto de soliloquios autogestivos está sobre mi. No puedo moverme. Mis pulmones se revientan. En mi último aliento hago un recuento final: mi última mirada, el polvo... mi último sonido, radio criminal... mi última sensación, el sofocamiento... mi último sentimiento, la felicidad.
KW
miércoles, 5 de mayo de 2010
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