En la repentina obscuridad se escucha un estruendoso rasguño en la ventana de mi estudio. El ruido provoca que abra los ojos más allá de lo normal y busque la fuente. Sólo escucho mi latido. En mi nerviosa e incesante búsqueda atino ver sombras carbónicas que danzan al compás de un melodía macabra, perceptible sólo en mi cerebro. Las sombras poco a poco avanzan hasta llegar a mi proyección a la que acarician dulcemente para
dormirla y
echarse sobre ella como fiera frente a su presa. En ese momento mi latido se detiene, mi sangre se paraliza y atisbo pensar las miles de tragedias que están por pasarme, abducciones, experiencias
paranormales, visiones
post morten, ataques invisibles...¿Qué vendrá? Lo único seguro que sé es que moriré.
Todo esto ametralla mi espíritu y congela mi mirada en la triste y vieja ventana que está frente a mi. Mis ojos de rondana no dejan de observar con terror el marco desvencijado, buscan en sus polillas el bicho que me llevará a mi muerte y analizan cada gota de aire en el vidrio; sin embargo no encuentran nada.
Mientras mis ojos pierden el tiempo en la ventana, al lado de ella comienza a avanzar una sombra difusa, que poco a poco busca el ángulo izquierdo de mi visión para entrar de lleno en ella. La silueta lo consigue, se mete. Me taladra mis corneas con su parquedad y su constante deslizar. Ahora mi temor es terror. Sólo atino a preguntar qué es eso, indefinido e inconcebible, en la bastedad de la infinita obscuridad. Mi única respuesta es una plegaria ¡Qué no sea yo su objetivo!, ¡Demasiado tarde! Me ha visto y cambia su trayectoria hacia mi. Comienza a avanzar. Este es un momento axial en mi vida: El fin.
Conforme mi sicario de sombras avanza mi piel se enchina, mis músculos se contraen, mi temperatura corporal baja y comienzo a tener pequeñas sacudidas. Ahora hago consciente que la muerte es un estado natural, pues, todas estas manifestaciones son autónomas y automáticas con el único propósito de preparar mi cuerpo para la última etapa.
La lentitud de la sombra
vertiginosamente cambia, se hace más rápida y la figura sin forma deviene un
cuadrángulo con aristas
equidistantemente perfectas. Su belleza no resta su tragedia, ni le quita su único propósito, acabar conmigo. Ahora si estoy muerto.
De pronto el bulto termina en el piso. Las luces se prenden dejándome encandilado. Una vez que recupero la visión este es el escenario: El fuerte viento, el árbol de la calle frente a mi ventana y en el piso una caja con libros de
Allan Poe.
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